Entre rejas

¿Cuándo había llegado hasta ahí? No recordaba casi nada, me venían pequeñas imágenes a modo de flashes, mi avión había sido derribado, salte justo en el momento del impacto, no sé qué fue de mi acompañante, supongo que muriera en el acto, todo sucedió muy rápido, mi capacidad de reacción fue instantánea, no podía pensar con claridad, a pesar de activar el paracaídas, mi caía fue muy precipitosa, entre arboles, quedé colgado y no llegue al suelo hasta que se rompió la rama que me aprisionaba, sabía que tenía que actuar rápido, el paracaídas estaba prácticamente destrozado, inservible total, aún así lo tenía que ocultar para no dejar rastro, estaba magullado y cojeaba ligeramente de la pierna derecha, intenté despistar al enemigo todo lo que pude, pero dieron conmigo y fui apresado, me torturaron, sé que me hicieron muchas preguntas, yo no entendía su idioma, vino un fulano que si hablaba mi lengua, pero después del interrogatorio me desmayé, luego ya nada, me desperté en ese lugar cutre, oscuro y con dos ventanas con rejas por la que entraban los rayos de sol, estaba atado de pies y manos a una silla, escapar de ahí era lo único que tenía en mente, pero, ¿cómo?

Diario de un tigre

Hoy pasó algo excepcional en mi día a día, hoy vi con mis propios ojos como enjaulaban a un hombre, el primer hombre en la historia en ser enjaulado, luego me enteré que sería para un zoo, si un zoo de personas humanas, este humano sería el primero de muchos otros que vendrían más tarde, mujeres y hombres con sus crías y críos, me entere por mi amigo Poo, mi antiguo compañero de piso, el pobre no superó su adicción a la miel.

El espécimen que habían enjaulado descendía de una familia de políticos, de los últimos en ser casi extinguidos.

Aún me acuerdo cuando fui enjaulado por humanos al igual que ese humano lo fue por nosotros, no sé cómo llegamos a dominarles, aunque sí como llegué a ser libre, fue gracias a King el gorila que estaba enjaulado al lado mío, él mismo con una llave abrió la puerta de la jaula donde me encontraba, me dijo que podía salir, claro yo no entendía lo que me decía, pero avancé instintivamente, luego mediante otros gorilas me suministraron no sé qué sustancia mediante una jeringa no sin antes ofrecer  resistencia, pero poco a poco empecé a caminar con mis patas traseras y a entender lo que me decían, años después me enseñaron a leer y escribir y hacer todo tipo de cosas que los humanos hacían antes de caer en nuestras manos, en especial la de los simios, un ejército de simios liderado por un tal Saimus, ni que fuera su planeta.

Me puse los cascos y pongo música para salir y hacer un poco de ejercicio, “Eye of the Tiger”

En el armario

Joder estoy sudando como un puto cerdo, además estoy escondo en el armario de una vieja de un piso que desconozco, tengo el mono y no sé lo que va a pasar, la hostia, menudo berenjenal, estoy de mierda hasta no poder más, me pude zafar de esos maderos, pero ahora no se cómo salir de esta.

La droga me está matando y todo por intentar robar en la farmacia más cercana y… ¿para qué? Para unos putos y míseros cinco pavos ¿cómo cojones salgo de este armario de los huevos?

Una voz masculina desde el otro lado me habla, dice que me rinda, que no tengo nada que hacer y que estoy rodeado, abro ligeramente la puerta, tan sólo un dedo, lo justo para ver al hombre, es de unos cuarentaimuchos mas o menos, está intentando persuadirme para que salga sin ofrecer resistencia, sé que cuando ponga mis pies fuera, los picoletos se van a tirar encima, ya no tengo escapatoria, acepto, no me queda otra, dos polis se acercan por los lados y uno de ellos me pone las esposas, pero no queda así, no lo pongo fácil, me revuelvo mientras grito bien fuerte, ¡cabrones! ¡hijos de puta! ¡soltadme! ¡os voy a dar una paliza!, hasta que un puñetazo en la barriga me hace callar.

Ícaro

Estaba ahí, solo, frente aquella magnitud, un océano del inmenso cielo y una plenitud de nubes a sus pies,  el esfuerzo bien lo merecía, con el tiempo se convirtió en un escalador, lo llevaba en su sangre, su padre al igual que él ahora, había  conquistado aquél reto, otro ocho mil en su haber, con este, superaba el record de su padre, estaba exhausto  pero sonreía feliz.

Cerraba los ojos y su imaginación volaba como Ícaro, se reunía así con su padre y reían juntos, era un niño que trepaba por las rodillas de su padre y así hasta llegar a la blanca cima de la cabeza, vuela Ícaro, vuela, se libre y feliz.

La aventura

-hijos hoy os voy a contar un cuento que no encontrareis en los libros y que vuestro abuelo con tan solo la ayuda de la imaginación, nos contó a mí y a vuestro tío cuando nosotros teníamos vuestra edad, además os prometo que no tendrá ni príncipes ni princesas, espero que os guste- dije mientras me sentaba entre las dos camas de mis pequeños retoños.

“Hace mucho, mucho tiempo, una familia de intrépidos aventureros llegó hasta África, fueron a la sabana, donde vieron muchos y exóticos animales, elefantes, jirafas, cebras y hasta los felinos más temibles, los leones.

Pero eso no fue todo, en su exploración llegaron hasta dónde existía una tribu muy peligrosa, los zulúes, así que antes de que pudieran rodearlos  salieron huyendo tan rápido como pudieron, con fortuna se pudieron refugiar en un campamento, lo malo fue que había sido atacado por la misma tribu que les había perseguido hace un instante, vieron con horror que había muchas bajas entre los soldados.

El padre de la familia resultó ser todo un estratega, su especialidad era poner trampas, así podrían sorprender al enemigo consiguiendo asustarlo a la vez que disminuir el número de atacantes, contaban con rifles, mientras que la tribu de zulúes tan solo flechas y lanzas, por mucho que escondieran tras sus escudos, además de ser tan bravos, osados y valientes que les hacía dignos oponentes, con esa imagen siniestra de fieros que les hacía aún más temibles.

La tarde pasó aparentemente tranquila, con relativa calma, salvo alguna pequeña escaramuza de tanteo en diferentes puntos del campamento, sin lamentar pérdidas, excepto algún herido, sólo algunos de los enemigos habían caído en diferentes trampas.

Fue llegada la oscura noche, cuando decidieron atacar, los rodearon, no había escapatoria alguna, se oían los gritos del enemigo al caer en las trampas, no sabía decir cuántos cayeron en esa cruenta batalla, hubo muchas pérdidas pero estaban preparados, improvisaron una antorcha que arrojaron fuera, levantando una gran llamarada alrededor del campamento haciendo que el enemigo saliera corriendo, eso hizo que se lo pensaran dos veces antes de atacar, bien es cierto que ambas partes sabían que ese fuego se apagaría, mientras tanto aprovecharon los cuerpos que habían servido ya con honor a la patria, con la idea de ponerlos alrededor con sus rifles apuntando al exterior, causando confusión al enemigo, sin saber si atacar o no, decidieron hacer pequeños enfrentamientos, la noche fue larga, las balas y soldados escaseaban ya, y  lo peor era que no tenían apenas agua y nada que llevar a la boca.

No estaba todo perdido, al amanecer, con los primeros rayos de sol oyeron una corneta, venían a recatarlos, llegaban refuerzos, estaban salvados, la caballería llegaba a galope haciendo frente al enemigo y consiguiendo que los zulúes huyeran, los recibieron con vítores y hurras, así que los supervivientes, heridos y la familia regresara a sus casas”

Una vez terminado, comprobé que mis peques estaban durmiendo, como angelitos, salía de la habitación cuando Guille me dijo, -gracias papi, una gran aventura-  de nada dije mientras le tapaba y besaba su frente, salí sonriente y feliz.

Las tres muñecas

Oscar había comprado aquella casa con el dinero que ahorró durante largos años de trabajo y sacrificio, pero merecía la pena, puesto que se encontraba cerca de la playa, era bastante amplia, con espacio suficiente para su mujer y sus tres hijas, ambas dormirían en habitaciones diferentes y también tenían jardín donde podría corretear a sus anchas.

Sus antiguos dueños la habían vaciado por completo, se habían llevado hasta los apliques e interruptores de la luz, no dejaron nada.

Como hacía tiempo que habían marchado, denotaba tristeza, abandono, con cúmulo de polvo y telas de araña por todas partes, muchas de las tablas del suelo hacían un crujido a cada paso, al no haber luz estaba oscuro, algo tétrico, a Oscar le recorrió un escalofrió por toda la espalda.

La casa tenía tres pisos. Él fue subiendo poco a poco las escaleras. Al llegar al tercer piso, donde él tenía pensado que antaño fuera el trastero, sonó un ruido, como si recorrieran la estancia de un lado a otro; se sentía asustado, pero pensó que posiblemente serían unas palomas o algún ratoncito de campo. Los ruidos se repitieron, al fondo de aquel cuarto vio a tres muñecas, idénticas, aunque con algún deterioro, le dio la sensación que le miraban fijamente y tenían una sonrisa fría, desalmada y siniestra.

¿Qué hacían en ese rincón? ¿Pertenecían a los antiguos dueños?

Días grises

Corrían tiempos difíciles, tal era la hambruna y la escasez de medicamentos en aquel pueblo, que la muerte se aparecía cuando uno menos lo esperaba, al acecho estaba, como si de un gato se tratase agazapado en cualquier esquina, en busca de su presa.

 Era día de ración, el viento soplaba violentamente, imposible era avanzar y dar unos pasos sin que tuvieras que hacer un esfuerzo, a la vez tratar de mantenerse en pie, pero Rosa, tenía que salir a por un poco de comida, algo que pudieran llevarse a la boca.

 Rosa era viuda, la guerra hizo que se llevara a su marido, Roberto, que en vida tenía un negocio, dónde vendía todo tipo de ropa de abrigo, tanto de mujer como de hombre, también bastones y paraguas, por desgracia una bomba fue a parar a la tienda, sin dejar rastro alguno, ese mismo día esta Roberto y Julio su hijo mayor a punto de cumplir catorce años, él ilusionado como estaba aprendiendo el oficio, trágicamente fallecieron los dos, dejando a Rosa en la más profunda de las miserias, viuda y con un hijo menos, ahora solo le quedaba Juan que apenas contaba los seis años de edad.

 A Rosa no le quedó más remedio que ponerse a trabajar, limpiando en las casas de otras familias o remendado todo tipo de ropa, estando en la cola, empezó a llover y al poco a tronar, era un ruido ensordecedor, mientras tanto en la casa estaba Juan, frente la chimenea, acurrucado viendo las llamas hipnotizado con el vaivén que éstas le ofrecían, sentía los pies fríos y no paraba de tiritar, las contraventanas sonaban con un ñiiiic ¡pum!, ñiiiic ¡pum!, Juan las cerró como pudo, más tarde, poco antes de que llegara su madre, fue al dormitorio a tumbarse en la cama, cerró los ojos, nunca más volvería a abrirlos.