Para que yo me llame Alejandro Muñoz (*)

para que yo me llame Alejandro Muñoz

miles de estrellas se movieron

miles de estrellas brillaron

miles de estrellas formaron galaxias

Para que yo me llame Alejandro Muñoz

Pasaron infinidad de acontecimientos

Pasaron infinidad de personas

Pasaron infinidad de años

para que yo me llame como me llamo

Fue larga la historia

El tiempo, los minutos, segundos.

Para ser el que.

para ser  quien

para ser y al final quien soy

hubo mucho amor

tristezas y alegrias

risas y llantos

susurros nocturnos, de los Beatles

historias de amor, de pasion

canciones de Elvis, los Rolling Ston

y mucho arte

Una Diosa, Afrodita.

Dos personas, papá y mamá.

Nueve meses, yo.

(*) Nota: Versionando el poemade Ángel González “Para que yo me llame Ángel González” queriendo hacer un pequeño homenaje.

Noche cerrada

Oscuridad, soledad, grandeza.

Miles de estrellas brillan,

Parpadean, juegan, bailan.

El cantar de los animales

Lobos, búhos, lechuzas.

Fiesta de la naturaleza,

Hadas, duendes, elfos.

Cuando todos duermen,

La blanca luna vigila,

El  cielo con la suave manta nos arropa y

El  amarillo sol en el otro lado

Aguarda.

Ícaro

Estaba ahí, solo, frente aquella magnitud, un océano del inmenso cielo y una plenitud de nubes a sus pies,  el esfuerzo bien lo merecía, con el tiempo se convirtió en un escalador, lo llevaba en su sangre, su padre al igual que él ahora, había  conquistado aquél reto, otro ocho mil en su haber, con este, superaba el record de su padre, estaba exhausto  pero sonreía feliz.

Cerraba los ojos y su imaginación volaba como Ícaro, se reunía así con su padre y reían juntos, era un niño que trepaba por las rodillas de su padre y así hasta llegar a la blanca cima de la cabeza, vuela Ícaro, vuela, se libre y feliz.

La aventura

-hijos hoy os voy a contar un cuento que no encontrareis en los libros y que vuestro abuelo con tan solo la ayuda de la imaginación, nos contó a mí y a vuestro tío cuando nosotros teníamos vuestra edad, además os prometo que no tendrá ni príncipes ni princesas, espero que os guste- dije mientras me sentaba entre las dos camas de mis pequeños retoños.

“Hace mucho, mucho tiempo, una familia de intrépidos aventureros llegó hasta África, fueron a la sabana, donde vieron muchos y exóticos animales, elefantes, jirafas, cebras y hasta los felinos más temibles, los leones.

Pero eso no fue todo, en su exploración llegaron hasta dónde existía una tribu muy peligrosa, los zulúes, así que antes de que pudieran rodearlos  salieron huyendo tan rápido como pudieron, con fortuna se pudieron refugiar en un campamento, lo malo fue que había sido atacado por la misma tribu que les había perseguido hace un instante, vieron con horror que había muchas bajas entre los soldados.

El padre de la familia resultó ser todo un estratega, su especialidad era poner trampas, así podrían sorprender al enemigo consiguiendo asustarlo a la vez que disminuir el número de atacantes, contaban con rifles, mientras que la tribu de zulúes tan solo flechas y lanzas, por mucho que escondieran tras sus escudos, además de ser tan bravos, osados y valientes que les hacía dignos oponentes, con esa imagen siniestra de fieros que les hacía aún más temibles.

La tarde pasó aparentemente tranquila, con relativa calma, salvo alguna pequeña escaramuza de tanteo en diferentes puntos del campamento, sin lamentar pérdidas, excepto algún herido, sólo algunos de los enemigos habían caído en diferentes trampas.

Fue llegada la oscura noche, cuando decidieron atacar, los rodearon, no había escapatoria alguna, se oían los gritos del enemigo al caer en las trampas, no sabía decir cuántos cayeron en esa cruenta batalla, hubo muchas pérdidas pero estaban preparados, improvisaron una antorcha que arrojaron fuera, levantando una gran llamarada alrededor del campamento haciendo que el enemigo saliera corriendo, eso hizo que se lo pensaran dos veces antes de atacar, bien es cierto que ambas partes sabían que ese fuego se apagaría, mientras tanto aprovecharon los cuerpos que habían servido ya con honor a la patria, con la idea de ponerlos alrededor con sus rifles apuntando al exterior, causando confusión al enemigo, sin saber si atacar o no, decidieron hacer pequeños enfrentamientos, la noche fue larga, las balas y soldados escaseaban ya, y  lo peor era que no tenían apenas agua y nada que llevar a la boca.

No estaba todo perdido, al amanecer, con los primeros rayos de sol oyeron una corneta, venían a recatarlos, llegaban refuerzos, estaban salvados, la caballería llegaba a galope haciendo frente al enemigo y consiguiendo que los zulúes huyeran, los recibieron con vítores y hurras, así que los supervivientes, heridos y la familia regresara a sus casas”

Una vez terminado, comprobé que mis peques estaban durmiendo, como angelitos, salía de la habitación cuando Guille me dijo, -gracias papi, una gran aventura-  de nada dije mientras le tapaba y besaba su frente, salí sonriente y feliz.

Las tres muñecas

Oscar había comprado aquella casa con el dinero que ahorró durante largos años de trabajo y sacrificio, pero merecía la pena, puesto que se encontraba cerca de la playa, era bastante amplia, con espacio suficiente para su mujer y sus tres hijas, ambas dormirían en habitaciones diferentes y también tenían jardín donde podría corretear a sus anchas.

Sus antiguos dueños la habían vaciado por completo, se habían llevado hasta los apliques e interruptores de la luz, no dejaron nada.

Como hacía tiempo que habían marchado, denotaba tristeza, abandono, con cúmulo de polvo y telas de araña por todas partes, muchas de las tablas del suelo hacían un crujido a cada paso, al no haber luz estaba oscuro, algo tétrico, a Oscar le recorrió un escalofrió por toda la espalda.

La casa tenía tres pisos. Él fue subiendo poco a poco las escaleras. Al llegar al tercer piso, donde él tenía pensado que antaño fuera el trastero, sonó un ruido, como si recorrieran la estancia de un lado a otro; se sentía asustado, pero pensó que posiblemente serían unas palomas o algún ratoncito de campo. Los ruidos se repitieron, al fondo de aquel cuarto vio a tres muñecas, idénticas, aunque con algún deterioro, le dio la sensación que le miraban fijamente y tenían una sonrisa fría, desalmada y siniestra.

¿Qué hacían en ese rincón? ¿Pertenecían a los antiguos dueños?

Días grises

Corrían tiempos difíciles, tal era la hambruna y la escasez de medicamentos en aquel pueblo, que la muerte se aparecía cuando uno menos lo esperaba, al acecho estaba, como si de un gato se tratase agazapado en cualquier esquina, en busca de su presa.

 Era día de ración, el viento soplaba violentamente, imposible era avanzar y dar unos pasos sin que tuvieras que hacer un esfuerzo, a la vez tratar de mantenerse en pie, pero Rosa, tenía que salir a por un poco de comida, algo que pudieran llevarse a la boca.

 Rosa era viuda, la guerra hizo que se llevara a su marido, Roberto, que en vida tenía un negocio, dónde vendía todo tipo de ropa de abrigo, tanto de mujer como de hombre, también bastones y paraguas, por desgracia una bomba fue a parar a la tienda, sin dejar rastro alguno, ese mismo día esta Roberto y Julio su hijo mayor a punto de cumplir catorce años, él ilusionado como estaba aprendiendo el oficio, trágicamente fallecieron los dos, dejando a Rosa en la más profunda de las miserias, viuda y con un hijo menos, ahora solo le quedaba Juan que apenas contaba los seis años de edad.

 A Rosa no le quedó más remedio que ponerse a trabajar, limpiando en las casas de otras familias o remendado todo tipo de ropa, estando en la cola, empezó a llover y al poco a tronar, era un ruido ensordecedor, mientras tanto en la casa estaba Juan, frente la chimenea, acurrucado viendo las llamas hipnotizado con el vaivén que éstas le ofrecían, sentía los pies fríos y no paraba de tiritar, las contraventanas sonaban con un ñiiiic ¡pum!, ñiiiic ¡pum!, Juan las cerró como pudo, más tarde, poco antes de que llegara su madre, fue al dormitorio a tumbarse en la cama, cerró los ojos, nunca más volvería a abrirlos.

Atardecer en la cima

El gato trepó al cerezo en flor, donde podía disfrutar de las magníficas vistas, en sus garras se apreciaba un rojo sangre que le quedó después de la caza y posterior festín con aquel alegre y confiado roedor.

En la casa se oía el péndulo del reloj del salón, tic, tac, parecía vacía, pues había un gran silencio y oscuridad, con tan sólo una luz difusa de la ventana de la cocina, era la hora de la siesta y las persianas estaban bajadas.

Charly se había trasladado del pequeño apartamento a la casa del abuelo, herencia que recibió tras su fallecimiento, había noches en que apenas si dormía, pues se acordaba de él, eran fuertes sus lamentos, hacía emanar un maremoto de lágrimas añorando las caricias y los apurruños, a la vez que sentía una gran soledad.

El tiempo pasó, llegando el otoño, la estación que más le gustaba, pues sacaba la vieja bicicleta y subía por la ladera de la cima, bajo sus pies crepitaban las hojas secas, pasaba por el puente y miraba con entusiasmo el río que debido a sus tranquilas aguas parecía un espejo, esa misma tarde el aire era frio, helado.

Cuando llegaba a la cima veía a lo lejos una mansión ya abandonada, decían que estaba maldita, en la que habitaba un vampiro, a lo lejos en una ventana le pareció ver una sombra y pedaleó como nunca hacia su casa, al llegar se sintió aliviado y se echó a reír pensando en esa historia de miedo, eso sólo eran cuentos, invenciones de la gente, eso no era cierto, o…. ¿tal vez si?

El puerto

Estoy impaciente por ver a mi sobrino, el hijo único de mi hermana, él viene a ayudarme en mi negocio, imagino cómo vendrá, asustado, pues desconoce lo que le espera, nueva gente, costumbres y sobre todo un nuevo idioma, aun así y de ante mano que seguro se encuentra ilusionado, con ganas de trabajar y labrarse un nuevo futuro.

Recuerdo cuando marché, fue muy duro despedirme de mi familia, padre y madre, mi sobrino era un crio, lloraba como todos los demás, pero sabía que en su interior estaba feliz y contento, orgulloso de la aventura que estaba a punto de emprender, le sequé las lágrimas, le di un pañuelo para que se sonara, nos sonreímos, me apartó de los demás y me prometió que ahorraría y que cuando tuviese la edad suficiente viajaría y se vendría conmigo y le dije –claro que sí, ya sabes que estaré esperándote para vivir infinitas aventuras- entonces entrelazamos los meñiques y dijimos –prometido- nos abrazamos y le besé la frente mientras le acariciaba el pelo.

Ahora me encuentro en el puerto esperando la llegada del barco, el cielo está azul, y las gaviotas vuelan en lo alto, el barco se acerca lentamente, le veo en proa, me quito el sombrero y le saludo agitándolo de izquierda a derecha, le espera una nueva vida llena de aventuras.