Los rojos

¿Por qué llaman “rojos” a los comunistas o a los de izquierdas? Papá Noel también va de rojo, aunque bueno en su caso es por los de la Coca-Cola, al no ser que… ¿ellos también son “rojos”? Y… ¿qué pasa con caperucita? También va de rojo y que yo sepa no pasa nada, claro que si la capucha fuera verde seria caperucita verde, ¿será tal vez que cada vez que nos enfadamos nos ponemos rojos? y como enfadarse está mal visto pues ala excluido, tal vez por eso al demonio o diablo lo pintamos siempre de rojo.

Los chinos decimos que son comunistas, además su bandera es roja pero ellos son “amarillos” y en África hay negritos o morenos, pero si los miras mal o les odias por su color de piel es cuestión de racismo, pero esto ya es otra historia.

Entonces, a las personas a las que llamamos o simplemente afirman ser “fascistas” “fachas” o más sencillamente de derechas… ¿son “azules”? o ¿de algún otro color? ¿Por qué no tienen color alguno? Y ¿por qué tiene que haber un color o cualquier denominación por tener afinidad a una ideología o partido político?

Que yo sepa los pitufos son azules, pero su “jefe” o “líder” es decir papá pitufo, viste de rojo (o granate) y no pasa nada, el cielo y el mar son azules aunque es ya una cuestión científica de la naturaleza donde no me meto.

De pequeño siempre he oído lo de “rojo” mayormente con odio y de una manera despectiva ¿por qué este color “rojo”? Y ¿Por qué por un pensamiento ideológico? ¡No lo entiendo!

En cambio con “la roja” todos a una, todos gritamos ¡GOOOOL! Con Iniesta, ahí sí que hay unión y alegría. Señores, dejémonos de hostias y arrimemos el hombro, se trata de una cuestión de una palabra, RESPETO, tan simple y sencillo.

Visitas

Era de noche, ya estábamos todos en la cama durmiendo, mañana era día de trabajo y tenemos por costumbre acostarnos pronto, una voz inquieta me hizo despertar, al lado de la cama estaba mi hija, mi pequeñita, de nueve años, tenía la luz de la habitación encendida y ella se notaba que estaba asustada, yo quise que se fuera sola y tranquila a la cama, pero me fue imposible, así que la acompañé hasta su cama y me acurruqué junto a ella, a la mañana siguiente me despertó mi mujer diciendo que era tarde, me reprochaba que asumiera la pérdida de nuestra hija y que dejara de dormir en su cama, me preguntaba mientras me levantaba de cómo era esto posible si ella se había suicidado al año de morir nuestra hija.

La colada

Era lunes y como todos los lunes a esa hora de la noche Carlos hacía la colada, metía la ropa en la lavadora, el suavizante, el jabón, programaba la lavadora como le había indicado su madre, pero ese mismo día, cuando iba a meter los pantalones, hizo su ritual de registrar todos los bolsillos, en uno de ellos encontró una nota, un papelillo blanco que ponía.

“Te espero en mi casa, estaré en mi camita, no te olvides papito, tiene que ser hoy, mañana regreso a mi país, llámame, besos Catheryn” y unos labios estampados a modo de firma.

Carlos se daba de golpes en la cabeza, esa nota era del viernes, y ya al número de teléfono no respondía nadie.

Ese viernes nuestra amiga, una joven mulata de piel clara, pechos firmes y tersos,  después de ducharse y secarse se tumbó en la cama esperando la llamada, sin respuesta alguna, abrió el cajón de la mesita de noche –hoy te toca a ti Junior, tu nunca me fallas- dijo esto mientras que le daba al on.

En la villa

Era ya noche cerrada, en la villa dormían todos, los animales en la granja y establos, estaba todo tranquilo, luna llena, apenas unas nubes que de vez en cuando se interponían a tal belleza y esplendor, el silencio apenas interrumpido por el cri cri de los grillos, el ulular del búho y el silbido del aire, tan solo una joven muchacha estaba a las afueras, se sentía inquieta, aunque con apariencia serena, esa noche sabía que sería la última como soltera, pues en la mañana del día siguiente se casaría, la brisa removía su larga cabellera, estaba arrodillada, rezando, posaba los codos sobre una roca, se levantó, y empezó a cantar, era distinta, se sentía distinta, era feliz.

Momentos

Hacía tiempo que Rodrigo estaba en ese lugar, siempre hacía las mismas cosas como los demás, a su lado había una persona, él se sentía inquieto pues no sabía quién era ella, aunque cuando empezaban a hablar él se sentía muy cómodo, se veía que era muy cariñosa y complaciente, suave en sus palabras, ya por la mañana se levantaban a la vez en camas separadas, ella dulcemente se presentaba, decía llamarse María, tenía una mirada angelical, era muy complaciente, siempre ayudando en lo que podía.

Había algún domingo que otro que recibía visita, entonces esa gente que decían ser su familia le rodeaba y paseaban todos, incluido la encantadora anciana que tanta compañía hacía al pobre Rodrigo, salían siempre al parque dónde en un pequeño estanque daban de comer a los patos, el agua era limpia y cristalina.

Él siempre recordaba un lugar, un pequeño pueblo al que marchaba con su familia a veranear, había un lago y en un árbol colgaba una rueda enorme dónde poder columpiarse o incluso para tirarse al agua, hizo muy buenas amistades y siempre se carteaban, se felicitaban las navidades y sobre todo los cumpleaños, Migue, el 18 de octubre, Fran el 4 de noviembre y María el 25 de diciembre, era algo que recordaba tan nítido como el agua del lago.

Una mañana de tantas, Rodrigo se levantó, miro a la cama de al lado, se encontraba vacía, eso le hizo ponerse muy nervioso, a pesar de estar en pijama salió al pasillo y llamó a una enfermera, y angustiado la agarro por los hombros gritando, ¿María? ¿dónde está María? ¿dónde está mi mujer?