El puerto

Estoy impaciente por ver a mi sobrino, el hijo único de mi hermana, él viene a ayudarme en mi negocio, imagino cómo vendrá, asustado, pues desconoce lo que le espera, nueva gente, costumbres y sobre todo un nuevo idioma, aun así y de ante mano que seguro se encuentra ilusionado, con ganas de trabajar y labrarse un nuevo futuro.

Recuerdo cuando marché, fue muy duro despedirme de mi familia, padre y madre, mi sobrino era un crio, lloraba como todos los demás, pero sabía que en su interior estaba feliz y contento, orgulloso de la aventura que estaba a punto de emprender, le sequé las lágrimas, le di un pañuelo para que se sonara, nos sonreímos, me apartó de los demás y me prometió que ahorraría y que cuando tuviese la edad suficiente viajaría y se vendría conmigo y le dije –claro que sí, ya sabes que estaré esperándote para vivir infinitas aventuras- entonces entrelazamos los meñiques y dijimos –prometido- nos abrazamos y le besé la frente mientras le acariciaba el pelo.

Ahora me encuentro en el puerto esperando la llegada del barco, el cielo está azul, y las gaviotas vuelan en lo alto, el barco se acerca lentamente, le veo en proa, me quito el sombrero y le saludo agitándolo de izquierda a derecha, le espera una nueva vida llena de aventuras.

Nueva vida

Lo llaman la tierra prometida, llena de oportunidades, así es como empieza mi aventura, viajando en barco a un país desconocido, no conozco sus costumbres ni nada y menos aún el idioma, me asusta de sólo pensarlo pero había tomado una decisión y ya no podía echarme atrás.

Salí corriendo del camarote al poco de saber que pronto llegaríamos a nuestro destino, fui a proa dando brincos de alegría, con la petaca que apenas estaba llena, un poco de ropa, un poco de comida que mi madre me dio para el camino y unos cuartos de mi padre que tenía ahorrados de trabajar en la mina, yo por el contrario estaba lleno de ilusión.

Estaba entusiasmado y alegre, asombrado de lo que veían mis ojos, ante mí las faldas de la estatua de la libertad y una nueva ciudad que según me informaron estaba en fase aún de construcción y esperaban que avanzase y creciese, que se desarrollaba de una manera muy rápida y espectacular, Nueva York, una ciudad a la que pasaría a formar parte.

Al timón estaba el capitán luciendo galones y haciendo alarde de su poder dando órdenes a la tripulación, siempre acompañado de su mascota, un loro que posaba en su hombro derecho.

Llevábamos días surcando el mar, cruzando el charco decían, estaba preparado para ese gran cambio, mi Asturias, patria querida, por las américas, mi nuevo destino, dónde me esperaba mi tío Juan hermano de mi madre, al igual que yo ahora, él había recorrido todos esos kilómetros antes para buscar fortuna y ahora era yo quién llegaba con la misma intención, ayudarle en su nuevo negocio y así labrarme una nueva vida.

Llegué y saludé efusivamente a mi tío, con muchos abrazos, luego nos fuimos a una casa a las afueras no muy lejos de la gran ciudad, me enseñó el que sería mi nuevo hogar, la que sería mi habitación, me dejó un rato a solas para que desempaquetara antes de la cena, lo primero que hice fue tirarme en la cama, olía a esperanza, y sobre todo, a libertad.