Las tres muñecas

Oscar había comprado aquella casa con el dinero que ahorró durante largos años de trabajo y sacrificio, pero merecía la pena, puesto que se encontraba cerca de la playa, era bastante amplia, con espacio suficiente para su mujer y sus tres hijas, ambas dormirían en habitaciones diferentes y también tenían jardín donde podría corretear a sus anchas.

Sus antiguos dueños la habían vaciado por completo, se habían llevado hasta los apliques e interruptores de la luz, no dejaron nada.

Como hacía tiempo que habían marchado, denotaba tristeza, abandono, con cúmulo de polvo y telas de araña por todas partes, muchas de las tablas del suelo hacían un crujido a cada paso, al no haber luz estaba oscuro, algo tétrico, a Oscar le recorrió un escalofrió por toda la espalda.

La casa tenía tres pisos. Él fue subiendo poco a poco las escaleras. Al llegar al tercer piso, donde él tenía pensado que antaño fuera el trastero, sonó un ruido, como si recorrieran la estancia de un lado a otro; se sentía asustado, pero pensó que posiblemente serían unas palomas o algún ratoncito de campo. Los ruidos se repitieron, al fondo de aquel cuarto vio a tres muñecas, idénticas, aunque con algún deterioro, le dio la sensación que le miraban fijamente y tenían una sonrisa fría, desalmada y siniestra.

¿Qué hacían en ese rincón? ¿Pertenecían a los antiguos dueños?

Días grises

Corrían tiempos difíciles, tal era la hambruna y la escasez de medicamentos en aquel pueblo, que la muerte se aparecía cuando uno menos lo esperaba, al acecho estaba, como si de un gato se tratase agazapado en cualquier esquina, en busca de su presa.

 Era día de ración, el viento soplaba violentamente, imposible era avanzar y dar unos pasos sin que tuvieras que hacer un esfuerzo, a la vez tratar de mantenerse en pie, pero Rosa, tenía que salir a por un poco de comida, algo que pudieran llevarse a la boca.

 Rosa era viuda, la guerra hizo que se llevara a su marido, Roberto, que en vida tenía un negocio, dónde vendía todo tipo de ropa de abrigo, tanto de mujer como de hombre, también bastones y paraguas, por desgracia una bomba fue a parar a la tienda, sin dejar rastro alguno, ese mismo día esta Roberto y Julio su hijo mayor a punto de cumplir catorce años, él ilusionado como estaba aprendiendo el oficio, trágicamente fallecieron los dos, dejando a Rosa en la más profunda de las miserias, viuda y con un hijo menos, ahora solo le quedaba Juan que apenas contaba los seis años de edad.

 A Rosa no le quedó más remedio que ponerse a trabajar, limpiando en las casas de otras familias o remendado todo tipo de ropa, estando en la cola, empezó a llover y al poco a tronar, era un ruido ensordecedor, mientras tanto en la casa estaba Juan, frente la chimenea, acurrucado viendo las llamas hipnotizado con el vaivén que éstas le ofrecían, sentía los pies fríos y no paraba de tiritar, las contraventanas sonaban con un ñiiiic ¡pum!, ñiiiic ¡pum!, Juan las cerró como pudo, más tarde, poco antes de que llegara su madre, fue al dormitorio a tumbarse en la cama, cerró los ojos, nunca más volvería a abrirlos.

Atardecer en la cima

El gato trepó al cerezo en flor, donde podía disfrutar de las magníficas vistas, en sus garras se apreciaba un rojo sangre que le quedó después de la caza y posterior festín con aquel alegre y confiado roedor.

En la casa se oía el péndulo del reloj del salón, tic, tac, parecía vacía, pues había un gran silencio y oscuridad, con tan sólo una luz difusa de la ventana de la cocina, era la hora de la siesta y las persianas estaban bajadas.

Charly se había trasladado del pequeño apartamento a la casa del abuelo, herencia que recibió tras su fallecimiento, había noches en que apenas si dormía, pues se acordaba de él, eran fuertes sus lamentos, hacía emanar un maremoto de lágrimas añorando las caricias y los apurruños, a la vez que sentía una gran soledad.

El tiempo pasó, llegando el otoño, la estación que más le gustaba, pues sacaba la vieja bicicleta y subía por la ladera de la cima, bajo sus pies crepitaban las hojas secas, pasaba por el puente y miraba con entusiasmo el río que debido a sus tranquilas aguas parecía un espejo, esa misma tarde el aire era frio, helado.

Cuando llegaba a la cima veía a lo lejos una mansión ya abandonada, decían que estaba maldita, en la que habitaba un vampiro, a lo lejos en una ventana le pareció ver una sombra y pedaleó como nunca hacia su casa, al llegar se sintió aliviado y se echó a reír pensando en esa historia de miedo, eso sólo eran cuentos, invenciones de la gente, eso no era cierto, o…. ¿tal vez si?

El puerto

Estoy impaciente por ver a mi sobrino, el hijo único de mi hermana, él viene a ayudarme en mi negocio, imagino cómo vendrá, asustado, pues desconoce lo que le espera, nueva gente, costumbres y sobre todo un nuevo idioma, aun así y de ante mano que seguro se encuentra ilusionado, con ganas de trabajar y labrarse un nuevo futuro.

Recuerdo cuando marché, fue muy duro despedirme de mi familia, padre y madre, mi sobrino era un crio, lloraba como todos los demás, pero sabía que en su interior estaba feliz y contento, orgulloso de la aventura que estaba a punto de emprender, le sequé las lágrimas, le di un pañuelo para que se sonara, nos sonreímos, me apartó de los demás y me prometió que ahorraría y que cuando tuviese la edad suficiente viajaría y se vendría conmigo y le dije –claro que sí, ya sabes que estaré esperándote para vivir infinitas aventuras- entonces entrelazamos los meñiques y dijimos –prometido- nos abrazamos y le besé la frente mientras le acariciaba el pelo.

Ahora me encuentro en el puerto esperando la llegada del barco, el cielo está azul, y las gaviotas vuelan en lo alto, el barco se acerca lentamente, le veo en proa, me quito el sombrero y le saludo agitándolo de izquierda a derecha, le espera una nueva vida llena de aventuras.

A orillas del mar

Los peces juguetones y atrevidos

Nadan cerca de la orilla

El sol reluciente

Brilla en el alto cielo

Sus ojos se encontraron con los míos

Su angelical mirada ilumina mi alma

Una mirada llena de

Ternura, cariño y amor

Es limpia, cristalina y transparente

Pura

Como el mismo agua que nos baña

De ese inmenso mar

Nos abrazamos y…

Nos fundimos

En un beso

Su boca con la mía

Sus labios con los míos

Con las olas como único testigo.

Nueva vida

Lo llaman la tierra prometida, llena de oportunidades, así es como empieza mi aventura, viajando en barco a un país desconocido, no conozco sus costumbres ni nada y menos aún el idioma, me asusta de sólo pensarlo pero había tomado una decisión y ya no podía echarme atrás.

Salí corriendo del camarote al poco de saber que pronto llegaríamos a nuestro destino, fui a proa dando brincos de alegría, con la petaca que apenas estaba llena, un poco de ropa, un poco de comida que mi madre me dio para el camino y unos cuartos de mi padre que tenía ahorrados de trabajar en la mina, yo por el contrario estaba lleno de ilusión.

Estaba entusiasmado y alegre, asombrado de lo que veían mis ojos, ante mí las faldas de la estatua de la libertad y una nueva ciudad que según me informaron estaba en fase aún de construcción y esperaban que avanzase y creciese, que se desarrollaba de una manera muy rápida y espectacular, Nueva York, una ciudad a la que pasaría a formar parte.

Al timón estaba el capitán luciendo galones y haciendo alarde de su poder dando órdenes a la tripulación, siempre acompañado de su mascota, un loro que posaba en su hombro derecho.

Llevábamos días surcando el mar, cruzando el charco decían, estaba preparado para ese gran cambio, mi Asturias, patria querida, por las américas, mi nuevo destino, dónde me esperaba mi tío Juan hermano de mi madre, al igual que yo ahora, él había recorrido todos esos kilómetros antes para buscar fortuna y ahora era yo quién llegaba con la misma intención, ayudarle en su nuevo negocio y así labrarme una nueva vida.

Llegué y saludé efusivamente a mi tío, con muchos abrazos, luego nos fuimos a una casa a las afueras no muy lejos de la gran ciudad, me enseñó el que sería mi nuevo hogar, la que sería mi habitación, me dejó un rato a solas para que desempaquetara antes de la cena, lo primero que hice fue tirarme en la cama, olía a esperanza, y sobre todo, a libertad.

En la villa

Era ya noche cerrada, en la villa dormían todos, los animales en la granja y establos, estaba todo tranquilo, luna llena, apenas unas nubes que de vez en cuando se interponían a tal belleza y esplendor, el silencio apenas interrumpido por el cri cri de los grillos, el ulular del búho y el silbido del aire, tan solo una joven muchacha estaba a las afueras, se sentía inquieta, aunque con apariencia serena, esa noche sabía que sería la última como soltera, pues en la mañana del día siguiente se casaría, la brisa removía su larga cabellera, estaba arrodillada, rezando, posaba los codos sobre una roca, se levantó, y empezó a cantar, era distinta, se sentía distinta, era feliz.

Más por menos

Te levantas, le ves ahí acostado junto a ti, le acaricias el pelo, le das ánimos y le dices con cariño que otro día ha empezado, le besas, despiertas a tu hijo, pues tiene que ir al colegio, preparas el desayuno para todos, te exiges casi demasiado, te duchas, te pones las cremas, te pintas un poco, te vistes y sales con el crio y luego vas al curro, siempre sonriente, pero ese día no, o por lo menos no del todo, saludas amablemente, pero notas que en tu interior falta algo, cuando llegas vas a cambiarte directa a tu taquilla, te pones el mono, miras el reloj, su taquilla sabes que ella no vendrá, ni hoy ni nunca, ese malnacido hijo de …., las lágrimas afloran y resbalan por tu mejilla, aun así susurras entre dientes, esa cabrona va a llegar tarde, te parece verla y sonríes.

Te quitas la lágrimas con la manga, das un golpe seco en la taquilla, hoy no queda más que trabajar duro, como siempre, además es el día de paga, sabes que con esa miseria no crees llegar a fin de mes, gracias al sueldo que juntas con tu marido seguís más o menos bien, para adelante, y una vez más te preguntas cómo es que Carlos, Juan y el resto de compañeros, que tienen el mismo trabajo que tú, cobres menos por ser mujer, maldices una vez tras otra, más por menos.