Las tres muñecas

Oscar había comprado aquella casa con el dinero que ahorró durante largos años de trabajo y sacrificio, pero merecía la pena, puesto que se encontraba cerca de la playa, era bastante amplia, con espacio suficiente para su mujer y sus tres hijas, ambas dormirían en habitaciones diferentes y también tenían jardín donde podría corretear a sus anchas.

Sus antiguos dueños la habían vaciado por completo, se habían llevado hasta los apliques e interruptores de la luz, no dejaron nada.

Como hacía tiempo que habían marchado, denotaba tristeza, abandono, con cúmulo de polvo y telas de araña por todas partes, muchas de las tablas del suelo hacían un crujido a cada paso, al no haber luz estaba oscuro, algo tétrico, a Oscar le recorrió un escalofrió por toda la espalda.

La casa tenía tres pisos. Él fue subiendo poco a poco las escaleras. Al llegar al tercer piso, donde él tenía pensado que antaño fuera el trastero, sonó un ruido, como si recorrieran la estancia de un lado a otro; se sentía asustado, pero pensó que posiblemente serían unas palomas o algún ratoncito de campo. Los ruidos se repitieron, al fondo de aquel cuarto vio a tres muñecas, idénticas, aunque con algún deterioro, le dio la sensación que le miraban fijamente y tenían una sonrisa fría, desalmada y siniestra.

¿Qué hacían en ese rincón? ¿Pertenecían a los antiguos dueños?