¿Nervioso? No, lo siguiente

Guillermo es un joven de unos 30 años, delgado en apariencia, pero fuerte, alegre, muy laborioso. Criado en  las montañas de Asturias, trabaja en Oviedo, en unas oficinas de telecomunicaciones, no solo llevaba los asuntos de la oficina, también se encargaba de la informática de su sección, ponía apunto todos los ordenadores, las impresoras, etc.

En la oficina todo el mundo le conocía como “el correcaminos” pues no paraba ni un minuto, siempre de un lado para otro con prisas, guille arréglame esto!!!, guille arréglame lo otro!!!, guille necesitamos papel para imprimir los documentos!!! le ordenaban, además tenía el peor jefe que podría tener cualquier empleado, Guillermo tienen que estar las facturas para ayer!!! Espetaba, al pobre, no le permitía cometer ningún error, a la mínima le obligaba a ir al despacho para que enmendara el estropicio y pensara en ello, tras una bronca monumental que temblaba hasta las paredes.

Cuando llegaban las vacaciones siempre se marchaba con su familia en las montañas, lejos del estruendo y alocada vida de la ciudad, pero un día un amigo suyo de la infancia, vecino de la casa que había un poco más abajo de la casa de sus padres, le recomendó que en vez de veranear en las montañas se fuera a otro país, recomendándole que podría si quisiera ir China, que sería un viaje de lo más cultural y atractivo, así que le hizo caso, preparó las maletas y compró unos billetes de ida y vuelta, Oviedo-Madrid-Pekín y Pekín-Madrid-Oviedo.

El día del viaje, Guillermo no solo temblaba como un flan de lo nervioso que estaba, le sudaban las manos a chorros, bueno también la frente y el sobaco, en la aduana pitó por el detector de metales le hicieron quitar el cinturón y el pantalón como le caía se lo agarraba como podía con una mano, mientras con la otra enseñaba la documentación y tiraba del equipaje de mano, ya en el avión  fue algo más tranquilo, aunque los nervios no se le iban, lo peor fue sufrir la fuerte turbulencia al llegar a China tras haber soportado no sé cuántas horas, cuando por fin en el avión pudo aterrizar, peor fue buscar la salida ya que no entendía los letreros, una veces por intuición y otras preguntando y encima afuera llovía que parecía que tiraban calderos de agua, tras la encrucijada de llegar a una parada de bus y comprar un billete, el autobús no es que fuera malo, es que como mínimo era de segunda o tercera, extremadamente pequeño e incómodo, hasta el punto en que estaban todos apretados y había un hombre que llevaba una gallina que le estuvo picando la cabeza todo el recorrido hasta que llegó al hotel, bueno si eso se podría llamar así, le dieron una habitación de mala muerte, que olía a vómito y estaba plagado de mosquitos y otros insectos, así que de los nervios, se le puso un tic en una ceja, y la cama era dura como el demonio.

Al día siguiente reclamó y le pusieron en un bungaló, en la playa conoció a una joven muchacha, era un poco más joven que él, trabajaba para los misma agencia, además  se hospedaba en un bungaló un poco más allá, se llamaba Chun Lee.

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