El destino

“¡Corre!” “¡venga!” “¡vamos!” “¡vas a perder el avión!” repito una y otra vez, es desesperante, una sensación de impotencia increíble, salimos con mucho retraso, mucho más de lo previsto.

Menuda carrera por la autopista, con el acelerador pisando hasta el fondo para llegar el aeropuerto lo más rápido posible, adelantamientos indebidos por todos lados, a una velocidad infernal, que seguro me ponen multa.

Cuando llegamos ya era tarde y el embarque cerrado, entonces empezamos con los gritos y los reproches, mientras nos sentábamos en el bar con la intención de calmarnos vimos el avión despegar.

Al poco de sentarnos y en menos tiempo que se tarda en parpadear, un pájaro entró en el motor de un ala del avión, empezó a ponerse en llamas, apenas había despegado cuando el avión se convirtió en una gran bola de fuego seguido de una inmensa explosión.

Pensando que ese era nuestro avión, al que no subimos por haber llegado tarde, no hubo palabras, una simple mirada y un abrazo hizo que aflorasen nuestras lágrimas.